¡Oh, sin duda uno de los principios rectores de mi vida! Desde que Tomágoras (nótese la hábil modificación del nombre para mantener su anonimato) vislumbró su teorema en los albores de la secundaria su profunda y sabia sentencia ha impregnado cada uno de mis actos, ha estado presente en mis reflexiones, y se ganó un sitio en este humilde blog, por aquel entonces ni siquiera planteado.
Para comprender todas sus dimensiones, no basta con simplemente citar el teorema. Es necesario conocer el contexto en el que surgió para comprender las hondas raíces filosófico-biológicas de las que parte y para simplemente llegar a imaginar la genialidad del dicho.
Comencemos por su autor. ¿Cómo definiría a Tomágoras? Puede que el rasgo que más salte a la vista sea su escasa estatura. Sin embargo, desafiando las leyes psicológicas, no creáis que este, ¿cómo llamarlo?, filósofo, se encontraba apesadumbrado por el hincapié que la gente solía hacer en su altura. Es más, posiblemente nadie la habría mencionado especialmente de no ser por su carácter... se me ocurre una palabra, pero digamos que le encantaba meterse con la gente. Comienzos de frase como "¿no era que...?" o "no sé tú, eh, pero yo..." eran característicos en sus palabras.
Y fue un buen día de colegio en el que enunció la sentencia. Nos encontrábamos en el comedor del colegio, y en la mesa, que yo recuerde, nos encontrábamos el sabio Tomágoras, éste que les escribe y otro compañero que, para regodeo del filósofo, era aún más bajo que él. Claro, el pequeño Tomágoras, dadas las dos características que hemos descrito de él, aprovechaba cualquier oportunidad para hacer valer su mayor estatura.
Y eso fue lo que pasó, o lo que pretendió que pasase, aquel día. Ante nosotros, el postre. Plátano, para ser más exactos. Y he aquí que el postre del tercer comensal cae al suelo. Y llegó la frase: "¡Hay que ver, cómo se nota que la mentalidad va con la mente!". Los cielos se abrieron, bajaron ángeles tocando liras al son de la naturaleza: era el teorema de Tomágoras. ¡Sólo Dios sabe el proceso mental que llevó al acontecimiento! El filósofo intentó corregirse, explicó que quería decir "con la estatura", y no "con la mente". Pero el teorema había sido pronunciado, y quedó grabado a fuego en los oídos de los que pudimos presenciarlo. Difundimos la palabra, y el teorema de Tomágoras arraigó en la sociedad del momento. Y, al fin, cuando llegue el día del juicio final, una voz resonará desde las alturas, y se escuchará: "La mentalidad va con la mente".