
Me van a permitir, bienamados lectores de esta humilde bitácora, que improvise una disertación sobre cuyo tema llevo pensando de un tiempo a esta parte: el miedo a lo desconocido.
Pienso, sin haber leído ningún tipo de artículo ni tener conocimientos específicos sobre ello, que ese miedo es el mayor que tenemos los seres humanos. Ni el miedo a la muerte, ni a la oscuridad, ni prácticamente a ninguno que podáis aportar lo superaría. Vamos por partes: el miedo a la muerte. ¿Quién muestra un mayor miedo? ¿El que está a punto de ser asesinado, o el que sabe con certeza, desde hace un tiempo, que una enfermedad lo matará? El tiempo permite, en ese caso, habituarse y conocer mejor lo que nos depara. En cambio, yo que soy un gran devorador de series de policías, cuando estás cautivo desconoces tu destino: ¿vivo? ¿muerto? ¿dolor y sufrimiento?
Analicemos el miedo a la oscuridad: la principal característica de la oscuridad es que no se puede ver, y por lo tanto, no sabemos lo que hay ante nosotros. Escuchamos un ruido, y no sabemos lo que o ha causado. Miedo.
Pero, ¿qué es lo que me lleva a publicar precisamente ahora este texto? Pues una aplicación de lo más actual, al menos para mí, de esto: el comienzo del curso. A mi generación le toca estos días afrontar un nuevo mundo: el universitario. Desconocemos a la gente, desconocemos el sistema, desconocemos los contenidos, desconocemos los lugares, la dinámica, la dificultad. Por ello podemos sentirnos reacios a lo que nos depara el futuro.
En cambio, aquél que conoce algún compañero, que ya ha oído hablar largo y tendido sobre el funcionamiento de la universidad, se siente más tranquilo. Porque eso es lo que nos alivia y nos aliviará tras los primeros días: el conocimiento. Todo tiene que ver con nuestra mente, es psicológico. Como veréis escrito muchas veces en este blog, la mente humana es maravillosa.